La tía Lisa siempre había sido su obsesión ya de bien pequeñito. Sus redondos y mullidos pechos y la manera de mover su culito respingón le despertaron los primeros impulsos sexuales. Una tarde de domingo que había ido a su casa, la tía Lisa le encontró oliendo sus braguitas y lejos de enfadarse, le premió con lo que siempre había deseado.
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